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El miedo puede paralizarnos. De pronto, hemos soñado con volver al mercado laboral, por ejemplo. Y nos animamos pensando en todo lo bueno que este cambio traerá a nuestras vidas. Y cuando la puerta se abre, sentimos una sensación extraña, algo que recorre nuestro cuerpo. ¿Qué es? Pues miedo. Nuestro cerebro primitivo intentando que estemos a salvo. Sabe que hemos estado bien y ahora, ante un desafío nos alerta para que nos resguardemos. El asunto es, que en el campo de la imaginación, los pensamientos catastróficos de todo lo que podría salir mal, van ganando terreno en la medida en que nos atrincheremos y no avancemos. Por eso, la recomendación, es dar un primer paso, que nos muestre que en realidad podemos hacerlo, que trae aspectos positivos, que vamos a poder aprender lo que haga falta. Tal vez sea mejor explorar esa alternativa, que quedarnos quietos, donde estamos, sin revisar cómo sería nuestra jornada si cambiáramos. De pronto, nos arrepentiremos más adelante de lo que no hicimos, antes que de lo que intentamos. Si nos animamos y vemos que no es lo que esperamos o no sale bien, tendremos la experiencia, habremos acallado esa vocecita interior de no me animé a intentarlo. Y si nos lanzamos a actuar, el miedo irá encontrando razones para disminuir, nos estaremos fortaleciendo, tendremos historias para contar, creceremos.

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