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Y de repente alguna conversación te recuerda o te hacer caer en cuenta de errores del pasado, de los que eras o no eras conciente. Y das rienda suelta a entretener pensamientos de arrepentimiento, de dolor, de impotencia. Y esto genera una avalancha de ruido mental tan violento, que puedes quedar sumergido en melancolía y tristeza rápidamente. Y bueno, el pasado ya quedó atrás; lo que puedas remediar, pues actuar para hacerlo y lo que no, entregarlo confiadamente al buen Dios que nos ama, que nos perdona y que puede restaurar toda herida. Llevar la carga del pasado es demasiado duro, limita, nos priva de la alegría del momento presente. Si te arrepientes de no haber dado lo mejor de ti como madre o padre, pues, con humildad, empieza a aprovechar los momentos del hoy, a tener conversaciones más positivas, a disfrutar el tiempo juntos. Sabiendo que no somos perfectos, que hacemos lo mejor que podemos con la información que tenemos en cada momento, y que somos frágiles y nos cansamos, aunque tengamos las mejores intenciones y propósitos. El amor, permanece.

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